El corazón del Evangelio

Sobre Mateo 5,38-48

Las palabras de Jesús indican dos maneras de vivir. La primera es la de los «pecadores», dicho de otra forma, la de aquellos que se comportan sin referencia a Dios y a su Palabra. Ellos actúan con los demás en función de la manera como éstos les tratan. Su acción es, de hecho, una reacción. Dividen el mundo en dos grupos, sus amigos y aquellos que no lo son, y muestran compasión únicamente hacia aquellos que son buenos con ellos. La otra manera de vivir no designa e05-sermon-on-the-mount-1800n primer lugar a un grupo de humanos, se refiere a Dios mismo. Él no reacciona según la manera como se le trata: al contrario, «él es bueno con los ingratos y los malvados»

Jesús señala de este modo la característica esencial del Dios de la Biblia. Fuente desbordante de bondad, Dios no se deja condicionar por la maldad de quien se pone frente a él. Olvidado, herido incluso, Dios continúa siendo fiel a sí mismo. Él sólo puede amar. Esto es cierto desde la primera página de la Biblia. Siglos antes de la llegada de Jesucristo, el profeta Isaías explica que, a diferencia de los hombres, Dios está siempre dispuesto a perdonar: «vuestros pensamientos no son mis pensamientos, y mis caminos no son vuestros caminos.» El profeta Oseas, por su parte, oye al Señor decirle: «yo nunca daré curso al ardor de mi cólera… porque yo soy Dios y no un hombre.» En una palabra, nuestro Dios es misericordioso, «él no nos trata según nuestros pecados, no nos devuelve según nuestras faltas».

La gran novedad del Evangelio no es tanto que Dios sea la Fuente de bondad, sino que los humanos pueden y deben reaccionar a imagen de su Creador: «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso». Por la venida a nosotros de su Hijo, esta fuente de bondad nos es desde ahora accesible. Nos toca convertirnos en «hijos del Altísimo», seres capaces de responder al mal con el bien, al odio con el amor. Viviendo una compasión universal, perdonando a aquellos que nos hacen daño, damos testimonio de que el Dios de misericordia está ahí, en el corazón de un mundo marcado por la negación del otro, por el menosprecio de aquél que es diferente.

Imposible para los humanos entregados a sus propias fuerzas, el amor a los enemigos testimonia la actividad del mismo Dios en medio de nosotros. Ningún mandamiento externo lo hace posible. Sólo la presencia en nuestros corazones de un amor divino en persona, el Espíritu Santo, nos permite hacerlo.

 Carta de Taizé, 2003

Estudio: escritos poéticos y sapienciales

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Continuamos con las actividades de formación, cerrando la introducción al Antiguo Testamento, con los Escritos poéticos y sapienciales.

Los apuntes están disponibles en el menú superior de Estudio.

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Resistencia y sumisión

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A menudo me pregunto por qué un “instinto cristiano” me atrae en ocasiones más hacia los no religiosos. Y esto sin la menor intención misionera sino que casi me atrevería a decir “fraternalmente”. Ante los religiosos, me avergüenzo con frecuencia de nombrar a Dios, porque en ese contexto su nombre me parece que adquiere un sonido casi ficticio y yo tengo la impresión de ser algo insincero (esto llega a ser especialmente grave cuando los demás comienzan a hablar con terminologías religiosas; entonces enmudezco casi por completo y el ambiente me resulta pegajoso y molesto). En cambio ante los no religiosos puedo, cuando hay ocasión, nombrar a Dios con toda tranquilidad y como algo obvio.
Los hombres religiosos hablan de Dios cuando el conocimiento humano (a veces por simple pereza mental) no da más de sí o cuando fracasan las fuerzas humanas. En realidad se trata siempre de un “deus ex machina”, al que ponen en movimiento bien para la aparente solución de problemas insolubles, bien como fuerza ante los fallos humanos; en definitiva, siempre sacando partido de la debilidad humana, o en las limitaciones de los hombres.
Semejante actitud solo tiene posibilidades de perdurar, por su propia lógica, hasta el momento en que los hombres, por sus propias fuerzas, desplazan algo más allá los límites, y Dios, como “deus ex machina”, resulta superfluo. Por otra parte, hablar de los límites humanos se me ha convertido en algo cuestionable (la misma muerte, puesto que los hombres ya apenas la temen, y el pecado, que apenas comprenden, ¿son todavía unos verdaderos límites?). Siempre tengo la impresión de que con ello solo tratamos de reservar medrosamente un espacio para Dios. Pero yo no quiero hablar de Dios en los límites, sino en el centro; no en las debilidades, sino en la fuerza; esto es, no a la hora de la muerte y de la culpa, sino en la vida y en lo bueno del hombre. En los límites, me parece mejor guardar silencio y dejar sin solución lo insoluble.
La fe en la resurrección no es la “solución” al problema de la muerte. El “más allá” de Dios no es el más allá de nuestra capacidad de conocimiento. La trascendencia desde el punto de vista de la teoría del conocimiento no tiene nada que ver con la trascendencia de Dios. Dios está más allá, en el centro de nuestra vida. La Iglesia no se haya allí donde fracasa la capacidad humana, en los límites, sino en medio de la aldea. Así es según el antiguo testamento y, en este sentido, leemos demasiado poco el nuevo testamento a partir del antiguo.

D. Bonhoeffer “Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio”

Somos luz

Oil Lamp and Bible

Somos luz, para alumbrar, no para enceguecer, para guiar y no atrapar.

Somos sal, para sazonar, dar sabor, preservar.

No se puede esconder nuestra luz, ni disimular, resplandece en medio de las tinieblas, ilumina senderos en la oscuridad.

Voces que rompen los silencios, que dejan oír la voz de Dios, entre rumores de llanto y desesperación.

Si nuestra sazón se desvaneciera, si dejamos de dar testimonio, si nuestra voz se silenciara, no habría quien predicara la esperanza.

Somos faros en medio de la mar revuelta, un grito que retumba en el desierto, en la soledad de corazones abatidos, luz transformadora.

Somos lumbreras, comunicamos vida, reflejamos la luz de Cristo. ¡Somos la luz del mundo!

O.J. Vizcaíno Nájera

Comensalidad de Jesús

001-jesus-anointedSi hay algo que no podemos decir de Jesús es que fuera partidario del sí pero no. Las medias tintas no iban con él. Lo dejó muy claro al decir que nuestra palabra sólo puede ser una, sin dobleces. “Que vuestro sí sea sí y vuestro no sea no, porque lo que se aparta de esto proviene del maligno”. Sin peros, sin condiciones.

Nos hemos alejado tanto de sus palabras, y peor aún, de sus acciones, que hasta nos parece que haciendo lo contrario actuamos de acuerdo a su memoria. Nos enredamos en un lenguaje pseudojurídico y legalista para poner límites a quién es digno y quién no de participar de la mesa de Jesús. Esto es un escándalo que supone una bofetada al Evangelio.

Recuerdo una vez que en la iglesia de mi infancia, antes de comenzar el servicio, se me acercó el diácono que iba a realizar el reparto de las especies de la comunión y me dijo que si no me importaba no me la iba a dar para no enfadar al pastor, ya que como ya no era miembro de esa iglesia, si me la daba se generaría un problema para él. No daba crédito a lo que estaba escuchando, pero es la realidad de lo que sucede muchas veces. Y así fue, como si no existiera se me excluyó de la comunión en la misma iglesia en la que crecí, participé, fui monitor de escuela dominical, di testimonio de mi fe y me bauticé.

Cuando utilizamos la mesa de Jesús como arma arrojadiza según nuestros afectos, gustos, prejuicios o leyes eclesiásticas, estamos pisoteando su significado, y más aún, el propio sacrificio que estamos celebrando. No sólo nos alejamos del sentido de este acto, sino que nos convertimos en agentes del maligno, porque creamos discriminación, exclusión, malestar y ofendemos al Espíritu Santo.

Jesús fue odiado, entre otras cosas, por los líderes religiosos de su época, por su comensalidad abierta, por comer con pecadores, publicanos, prostitutas. Hemos despojado a la mesa de Jesús de su realidad más comunitaria, humana y fraterna, para convertirla en un acto alejado por completo de nuestras vidas; una especie de teatro sacro, con sus taumaturgos, sus normas, sus oropeles y su inalcanzable misterio. Pan y vino. Eso utilizó Jesús, siguiendo su tradición hebrea, para hacer un sencillo acto de fraternidad con sus amigas y amigos, en una cena, en una conversación de despedida, en una fiesta.

Una comensalidad que ponía en cuestión las leyes de pureza y la tradición, que hablaba claramente del amor de Dios para con todos. Jesús no chantajeaba a la gente para comer con ellos. No les decía: ah, vas poco a la sinagoga, y eres un poco fresca, mejor quédate fuera. No les pedía arrepentirse para sentarse con ellos. Pero curioso, si algo resaltan los evangelios es que una vez que habían comido con Jesús, que habían hablado, que lo habían escuchado, que habían brindado con vino…no volvían a ser los mismos, se producía la conversión, el cambio de vida y llegaba la paz y sanidad a sus vidas.

Cuando comáis este pan y bebáis este vino, que son mi cuerpo, que son mi sangre, que son como mi vida que os la he entregado siempre y que ahora la entrego por completo para todos los que vendrán después, recordadme, no me olvidéis, recordad lo que hemos hablado tantas veces, recordad lo que he hecho y hacedlo vosotros. ¿Hay algo más conmovedor que un amigo despidiéndose de los suyos al saber que se acaba su vida?

Si nos olvidamos del amor que Dios tiene con nosotros, fácilmente nos faltará el amor para con los demás. Si nuestras palabras dicen “amor” y nuestra mesa dice “exclusión”, no engañamos a Dios, nos engañamos a nosotros mismos.

Con Jesús siempre hay fiesta, porque siendo nosotros pecadores, perdidos, enfermos, cansados, agobiados, encontramos fuerza, esperanza, alegría, amor, fraternidad. Donde había muerte hay vida en abundancia. Su cuerpo y sangre nos restauran, nos salvan del pecado, de creernos perfectos y santos. El pan y el vino de Jesús nos convocan a ser nuevas criaturas, que viven para seguir su ejemplo, con el amor y la ayuda de Dios.